13 jun. 2011

GERONTOFILIA


La vieja P.

la arrugada y desecha P.

se sienta en la mesa de la cafetería

oliendo a lo que huelen los viejos

que viven solos,

pide sorda el desayuno

y mandibulea como las vacas

para digerir el día que entra.

Habla fuerte,

lleva anillos de oro

en los pulgares,

labios pintados por fuera,

sombra en los ojos,

bata de flores

perlas de lóbulo

Todo enterrado en la arruga,

hundido en el surco.

Pone la oreja

cuando hay jóvenes cerca,

vomita miradas de asco,

refunfuña mirando al suelo.

Aún la invitan a fiestas.

La suben en púlpitos.

Se la pasan de boca a manos,

y la vieja P. se siente única.

Al día siguiente

vuelve a poner pegamento

en su dentadura,

vuelve al orfidal

y en el bar de las dudas

nadie se cosca.

Sueña la vieja P.

que su largo pelo blanco

crece y enreda

a jóvenes amantes,

moldeando con sus dedos

palabras malsonantes,

expresiones que suenan a rock y a mundo.

La vieja P. no sabe

follar con chicos jóvenes.

Ignora que eso

podría salvarle la vida.

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