
La vieja P.
la arrugada y desecha P.
se sienta en la mesa de la cafetería
oliendo a lo que huelen los viejos
que viven solos,
pide sorda el desayuno
y mandibulea como las vacas
para digerir el día que entra.
Habla fuerte,
lleva anillos de oro
en los pulgares,
labios pintados por fuera,
sombra en los ojos,
bata de flores
perlas de lóbulo…
Todo enterrado en la arruga,
hundido en el surco.
Pone la oreja
cuando hay jóvenes cerca,
vomita miradas de asco,
refunfuña mirando al suelo.
Aún la invitan a fiestas.
La suben en púlpitos.
Se la pasan de boca a manos,
y la vieja P. se siente única.
Al día siguiente
vuelve a poner pegamento
en su dentadura,
vuelve al orfidal
y en el bar de las dudas
nadie se cosca.
Sueña la vieja P.
que su largo pelo blanco
crece y enreda
a jóvenes amantes,
moldeando con sus dedos
palabras malsonantes,
expresiones que suenan a rock y a mundo.
La vieja P. no sabe
follar con chicos jóvenes.
Ignora que eso
podría salvarle la vida.
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